Las «cuentas corrientes» las inventaron en La Vellés

Allá por los años cincuenta y sesenta, los habitantes de La Vellés, un pequeño pueblo de la provincia de Salamanca, apenas manejaban dinero. Durante el año iban anotando lo que consumían en la farmacia y a la vuelta del verano lo pagaban, o el dependiente de la farmacia iba casa por casa reclamando lo debido.

Más ingenioso era el sistema para comprar el pan. En esos pueblos de secano donde se cultivaban cereales y legumbres, se reservaba parte del trigo de la cosecha para hacer pan. Lo llevaban al molino y pagaban al molinero, y la harina obtenida se la entregaban al panadero. El trato era que tantos kilos de harina equivalían a tantos kilos de pan. Y el beneficio del panadero era el peso del agua contenida en el pan.

Ahora bien, como el pan no se puede guardar más que unas pocas semanas, no se podía comprar todo el pan de golpe al finalizar la cosecha. Por ello, el panadero preparaba un listón de madera de unos 50 centímetros y de base cuadrada, y en uno de los laterales escribía el nombre del agricultor, el total de kilos de pan que le debía —igual al total de kilos de harina que recibía—, y estampaba su sello y su firma.

A lo largo del año, cada vez que el agricultor necesitaba pan, llevaba el palo a la panadería, pedía el numero de hogazas que necesitaba y el panadero hacía unas muescas en el palo con su navaja para indicar cuántas hogazas se había llevado.

Como puede verse, ¡no hacen falta bancos para tener cuentas de crédito y cuentas corrientes!

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